











Cualquier persona que haya trabajado atendiendo al público sabe que el cliente siempre quiere lo que no hay. A las pruebas me remito: el 3 de septiembre, un turista entró a la tienda de lentes (o debería de decir gafas o ulleras) buscando lentes para daltonismo. Quedé atónita. En mi trabajo, la gente suele pedir lentes sin aumento, con filtro azul para pantallas o incluso lentes que ven en filtros de Instagram.
El cliente, un estadounidense, me explicó que había olvidado sus lentes en su país y quería descubrir los «verdaderos colores» de Barcelona. Nuestra conversación fue de esas que solo ocurren en el mostrador de la calle Corders, una fantasía.
En mi trabajo, donde a veces estoy bastante al pedo, paso el tiempo pensando en pelotudeces como cuál es mi color favorito. No cambia tanto como los tonos de Pantone de la temporada, pero tengo mis épocas.
Gracias al yankee setiembre se convirtió en el mes de preguntarme por los «colores reales» de las cosas. Pasé horas scrolleando en el celular, viendo videos y tratando de rastrear el origen de esta fascinación absurda por los colores.
Llegué a la conclusión que desde antes de nacer estaba destinada a sobrepensar en los colores. Revelé mi sexo dos semanas antes de mi nacimiento, así que las primeras compras y regalos para mí fueron en el tono neutro por antonomasia: amarillo, el color perfecto, ni rosado, ni celeste. Amarillo como peñarol. La ropa celeste ya la tenía por mi hermano, comprar algo rosado requería un acto de valentía.
Fui la primera y única niña de la familia. El rosado se convirtió en mi bandera. La primera entrevista que tuve fue para a un jardín de infantes. A los cuatro años, dije que solo me inscribiría si me dejaban usar una túnica rosada. En el jardín vaz ferreira solo se permitían túnicas de los colores primarios. Pero la directora, enfrentada al capricho de una pendeja y a la posibilidad de perder no una, sino dos matrículas (la mía y la de mi hermano menor), cedió.
Sin embargo, esta entrada no habría existido sin el azul. Para mi novena entrada, elegí un rollo Portra 160, una película que se caracteriza por grano fino, capaz de capturar los azules con una armonía y delicadeza únicas, algo que otros rollos simplemente no logran. Es como si el Portra entendiera la sutileza de este color.
Pero ni el Portra 160, ni el 400, ni el 800 pueden alcanzar la intensidad del azul Klein. Hablar del azul es hablar de Klein y su obsesión por encontrar el azul perfecto: un tono vibrante, saturado, sobrenatural. Su azul es la perfección de lo artificial y por el cual cambié al rosado y hoy es mi color favorito.
