Rollo 6/ revolog kodak 400 intevenido/ olympus i zoom 28-75 mm

En 29 años he desarrollado dos adicciones: a la Coca-Cola Light y al celular. La primera, por el momento, no me ha causado ningún daño, pero la segunda me provocó una tendinitis de de quervain, una inflamación de los tendones del pulgar causada por tanto scrolleo. Mi tiempo de pantalla me avergüenza. Una vez escuché que hay un tipo de inmigrante que se define por estar lejos de todo, y en este momento entro en esa categoría. El internet tiene esa trampa: genera la ilusión de que podés estar en múltiples lugares a la vez. Sin embargo, estás lejos. No es lo mismo una llamada por zoom de dos horas que quince minutos en el Bar Luz tomando una norteña.

Como el 98 por ciento de las cosas en esta vida, algo bueno del uso excesivo del celular es que he creado un maravilloso algoritmo que me ha llevado a conocer lugares y asistir a eventos que, sin él, ni siquiera habría considerado.

En junio, mi algoritmo me llevó a dos eventos: una charla sobre el libro Breve historia de la oscuridad, una defensa de las salas de cine en la era del streaming, de Vicente Monroy; y un taller de Revlog, donde intervenías una película de 35 mm artesanalmente para lograr el efecto de los puntitos de luz que ven en las fotos de esta entrada.

El libro de Monroy retoma el artículo de las luciérnagas de Pier Paolo Pasolini. En este texto, el escritor, cineasta, intelectual, gay icon, futbolista y un poco exagerado, como todos los profetas, compara la desaparición de las luciérnagas con cómo la modernidad, el consumismo y la cultura uniforme están acabando con las tradiciones, dejando a la sociedad con menos riqueza espiritual. 

Monroy ve en las salas de cine un lugar donde se pueden encontrar luciérnagas: obras que, por buenas, brillan en la oscuridad de la sala. No creo que solo algunas películas, por brillantes que sean, sean las luciérnagas. Quizás sea más optimista, pero creo que la experiencia de ir al cine es en sí misma una oportunidad de ver una luciérnaga. Pocas cosas disfruto más que sentarme con un grupo de desconocidos y desconectarme por un rato de la realidad, dejándome atrapar por una pantalla que crea la ilusión de ser parte de ella, pero al mismo tiempo estás rodeado del que come pop, la parejita, el que usa el celular dentro de la función, el jubilado que llegó temprano y el que entra tarde, a las corridas, porque probablemente no le gusta ver trailers o simplemente llega tarde a todos lados.

Para emular la luz que emite la pantalla que me dio tendinitis —y probablemente de donde estás leyendo esto—, se necesitarían 365,366 luciérnagas. La pregunta de hace cuánto no veo una luciérnaga pegó fuerte, por eso traté de emular su luz en la película de 35 mm del taller. Y me obsesioné —o quizás ya estaba— con la luz, con la luz como principio de esperanza.

Y si no es así, ¿por qué Luigi Mangione, un condenado a muerte, hace una lista de cosas por las que agradecer y decide finalizar con la palabra «Light» escrita con su puño y letra? Por eso decidí imprimir y empapelar Barcelona con el final de su lista de agradecimientos. Los resultados no fueron buenos, pero aquí estoy, cumpliendo con este compromiso absurdo en el que me metí y del que no puedo escapar.


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