Rollo 5/ dubblefilm cinema 800/ olympus i zoom 28-75 mm

El 13 de octubre de 1989, mis padres se casaron. Entre los regalos que recibieron, había un cuadro de Dante Colla. A finales de los noventa, junto con sus tres hijos, se mudaron a Ciudad de la Costa. Quien haya vivido en Ciudad de la Costa conoce los problemas de humedad que afectan a la mayoría de las casas. La de mis padres no fue la excepción: construida en los años sesenta sobre un suelo arenoso y a desnivel con la calle, presentaba (y aún presenta, a pesar de innumerables reformas) los problemas clásicos: humedad, inundaciones y entra agua por la chimenea cuando llueve. 

Los cuadros, los libros y las fotos no se llevan bien con la humedad. En apenas cinco años, las pinceladas de Dante Colla se transformaron en arte abstracto. Todo el peso de la humedad recayó sobre ese cuadro, hasta que un día papá encontró un sustituto en una  la volqueta de Montevideo y donó el Dante Colla a Emaús.

El cuadro que trajo, o aberración estética como lo llamé en su momento, era un cuadro abandonado tras una mudanza. Papá lo rescató cual perrito en basurero, y lo colocó en casa. Le gustaba porque tenía arbolitos que eran fuertes, tenía verde, daba vida y era mejor que el Dante Colla, lúgubre, “viejo”. Y, efectivamente, ni la humedad pudo con ese bosque: ahí sigue, sin una gota de humedad. Hasta lo usamos en un set con Marindia, en la película Nina y Emma.

En marzo, me mudé a Barcelona, una ciudad que muchos alaban por su “personalidad”. Escuché a alguien decir: “Las únicas ciudades con personalidad son Berlín y Barcelona”. Ese día no tenía ganas de discutir, así que solo respondí: “Sí, alma de Airbnb tienen”. Mi primera habitación estaba cerca de la Sagrada Familia, a tres cuadras; literalmente, podía ver el edificio desde ahí.

La habitación en la que viví parecía un tablero de Pinterest, llena de muebles de IKEA y objetos de diseño comprados con cierta culpa en SHEIN o TEMU. La segunda noche decidí guardar todos los objetos de vidrio y adornos, porque no me sentía cómoda viviendo en un set de publicidad. Además, y más importante, las probabilidades de que rompiera un florero o algún adorno eran altas, así que preferí prevenir antes que lamentar.

Vivir en ese cuarto me llevó a preguntarme si el gusto personal había muerto, si Pinterest y los algoritmos habían destruido toda marca de identidad. Como me encanta hacer preguntas y conversar, le escribí a Inés Olmedo para que me diera su opinión sobre Pinterest y su experiencia como directora, productora de arte en cine. 

Inés Olmedo me explica que el mal no viene de Pinterest

«Lo interesante de los Airbnb es que son lo que cualquiera puede llegar a habitar como si fuese una casa, que no es una casa de verdad. Osea son casas, vive gente pero muchas veces las casas cuando las alquilan retiran una cantidad de elementos que son los propios, la foto familiar, los libros, hace una especie de mise en scène. Es una casa que puede estar ocupada por otros sin que se sienta invadido por la identidad del dueño.»

Inés Olmedo

Lo mejor que uno puede hacer cuando tiene mucho mambo en la cabeza es lo que llamé durante mi época de moderadora de contenido: fritar el cerebro. Ver todas las series de moda, todo el catálogo de Netflix, Disney, HBO y por supuesto a Leyla con y griega (todo pirateado; gasten en entradas de cine, no en servicios de streaming). Así fue como terminé viendo El Eternauta, que meh, pero dejó un gran meme gracias a la frase de su mejor personaje: “Lo viejo funciona”. Que además me hizo volver a ver  El Baño del Papa. (1)

 
En mayo, me mudé a una habitación en el Born. Como supuestamente iba a ser de larga estancia, busqué una mesa de luz en Wallapop. Conseguí una de IKEA;  barata y armada. La mesita que más me gustaba era una de roble danesa —lo viejo funciona, César—, pero a veces también es más caro y uno termina conformándose con mdf de segunda o tercera mano. A los dos días, el cuarto empezaba a tomar forma: había comprado una planta y hasta me animé a colgar mi cuadrito con la primera hoja del libro Conquest of the Useless firmada por  Herzog. Sin embargo, al séptimo día me comunicaron que mi perfil no encajaba con el de la casa, así que debía de buscar otra habitación donde vivir. Yo que hasta había puesto un cuadro y una planta. 
 
De chico uno piensa en entrevistas laborales, pero nunca imagina que puede llegar a tener tantas entrevistas para ser inquilino. En efecto, tuve más entrevistas para habitaciones que para trabajos en toda mi vida. En diez días visité trece habitaciones; vi de todo, hasta cosas que preferiría no haber visto. El 23 de mayo, a las 2 de la mañana, recibí un mensaje preguntándome si estaba interesada en una habitación. Contesté rápido que sí. Quien diga que el insomnio no sirve para nada, nunca lo sufrío o está equivocado. 
 
Al día siguiente fui a ver la habitación. El “problema” del cuarto y la vivienda era la humedad: unos pequeños puntitos negros que se ven en el techo. Mi perfil les cuadró, y a las manchas de humedad, como niño que pasó por la escuela en Uruguay y recuerda la mancha de humedad de Juana de Ibarbourou, ya la veo como una amiga, una vieja conocida. La prefiero mil veces antes que a una impresión de Temu. Y ojo con quitarla que voy a terminar como el personaje de Ibarbourou, llorando frente a un x y recitándole «que ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece» Y quizás en este cuarto, después de tres meses habitándolo (tampoco cantemos victoria), hasta cuelgue una foto del cuadro horroroso de mis padres.

Lo viejo funciona Parte II

Este mes saqué fotos con mi cámara Olympus  y un rollo de Dubblefilm. Los rollos, o carretes como les dicen en España, tienen un diseño “chulo” negro que dice have fun pero no especifican, como los kodak (o cualquier otro), qué rollo son y cuántas tomas tienen. Al ver la mirilla de la cámara en negro abrí la cámara pensando que el rollo se había acabado. Cuestión que se velaron 5 fotos. Fui al laboratorio y le comenté al muchacho el problema del diseño del rollo. Le dije que deberían cambiar el “Have Fun” por algo más funcional, como hacen otras marcas. Me salió con que “es lo que tiene competir con Kodak”. Creo que mi cara de desconcierto le hizo darse cuenta de la burrada que había dicho, así que le respondí: “Lo viejo funciona; por algo Kodak sigue poniendo serie y número en sus rollos”. Me niego a ser el cliente pesado, pero en el fondo lo soy. Intenté pedir disculpas en catalán, pero el tipo creo que es alemán y no entendió una mierda.



(1)

Les regalo un audio de Inés, en el que me explica sobre el arte de El Baño del Papa y me recuerda que la humedad es amiga, porque, si no, mi amiga Celita no la estaría maquillando en el set. 🙂

«Lo primero que hicimos fue pintar todo de gris porque eso favorecía mucho la foto incluso César Charlone (Director y Director de Fotografía) nos enseñó un truquito: trabajar con cola vinílica y agua y así dar la sensación permanente de humedad. (…) Y así fue como con Celita fuimos armando el mundo del personaje, un trabajo con esponjita centímetro a centímetro.»

Inés Olmedo

Ñoquis del 29 de mayo en el único lugar al que que sé cómo llegar en Bacerlona: mi trabajo.
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